Categoría: Salud

  • Parkinson: hacer más de ocho horas de actividad física a la semana podría ayudar a frenar el deterioro del movimiento y la memoria

    Parkinson: hacer más de ocho horas de actividad física a la semana podría ayudar a frenar el deterioro del movimiento y la memoria

    La actividad física podría desempeñar un papel importante en la evolución de la enfermedad de Parkinson, no solo por sus beneficios para la movilidad, sino también por su posible relación con una menor pérdida de las capacidades cognitivas. Un nuevo estudio encontró que los pacientes que permanecían más tiempo activos durante la semana experimentaban un deterioro más lento de los síntomas motores y de las habilidades relacionadas con el pensamiento y la memoria.

    La investigación, publicada el 7 de octubre en la revista científica Neurology, identificó los mayores beneficios entre las personas que acumulaban más de ocho horas de actividad física semanal. Aunque los resultados no demuestran que el ejercicio detenga la enfermedad, aportan evidencia sobre la importancia de mantener una vida activa para quienes viven con este trastorno neurodegenerativo.

    «Nuestro estudio encontró que la actividad física puede tener beneficios duales, con asociaciones a un descenso más lento en el movimiento y la cognición», explicó el investigador principal, el doctor Dong-Woo Ryu, de la Universidad de Cincinnati, en Ohio, mediante un comunicado de prensa.

    ¿Cómo se realizó el estudio sobre el Parkinson y la actividad física?

    Para analizar la relación entre el movimiento y la evolución de la enfermedad, los investigadores siguieron a cerca de 300 personas con Parkinson de intensidad leve a moderada durante un periodo de hasta siete años. Al comienzo de la investigación, los participantes tenían una edad promedio de 66 años.

    Durante el seguimiento, los pacientes informaron cuántas horas dedicaban semanalmente a la actividad física en distintos ámbitos de su vida cotidiana. Esto incluyó el movimiento realizado en el trabajo y en el hogar, así como el ejercicio asociado con pasatiempos y actividades recreativas.

    Además, los participantes se sometieron a evaluaciones anuales para medir la evolución de los síntomas del Parkinson y conocer el estado de sus capacidades cognitivas, entre ellas las relacionadas con el pensamiento y la memoria.

    Con la información recopilada, el equipo distribuyó a los participantes en tres grupos según el tiempo que dedicaban a mantenerse físicamente activos. El primero incluyó a quienes realizaban menos de cuatro horas de actividad a la semana; el segundo, a quienes acumulaban entre cuatro y ocho horas, y el tercero, a quienes superaban las ocho horas semanales.

    Al comparar los resultados, los investigadores observaron que las personas del grupo con mayor actividad física presentaban una progresión más lenta de los problemas motores y cognitivos. Esta asociación se mantuvo incluso después de considerar otros factores que podían influir en los resultados.

    Los científicos también encontraron que dedicar más tiempo al ejercicio vigoroso se relacionaba con una evolución más favorable de algunos síntomas. Entre las actividades consideradas de mayor intensidad se encuentran trotar, practicar ciclismo a velocidad elevada, jugar deportes de equipo, disputar partidos individuales de tenis, palear tierra y cargar objetos pesados.

    Sin embargo, los hallazgos no establecen una cantidad de ejercicio que garantice una evolución más lenta de la enfermedad. Tampoco permiten asegurar que las personas que hacen más actividad física necesariamente tendrán menos complicaciones, ya que el estudio identificó asociaciones y no una relación directa de causa y efecto.

    ¿Por qué el ejercicio podría beneficiar al cerebro?

    La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo que afecta principalmente la capacidad de controlar los movimientos. Entre sus manifestaciones se encuentran la lentitud motora, la rigidez y las dificultades de equilibrio, aunque los síntomas y su intensidad varían entre pacientes.

    Conforme avanza la enfermedad, algunas personas también desarrollan alteraciones cognitivas que pueden afectar la atención, el razonamiento y la memoria. Por ello, comprender qué factores podrían contribuir a preservar tanto las funciones motoras como las mentales es una de las líneas de interés para la investigación científica.

    Aunque el estudio no identificó los mecanismos biológicos responsables de las diferencias observadas, sus autores plantearon varias explicaciones posibles sobre los efectos de la actividad física en el cerebro.

    Una de ellas es que el ejercicio favorezca el flujo sanguíneo cerebral, lo que contribuiría al suministro de oxígeno y nutrientes necesarios para el funcionamiento de las células nerviosas. Otra posibilidad es que la actividad física ayude a reducir procesos inflamatorios que pueden afectar al sistema nervioso.

    Los investigadores también señalaron que el ejercicio podría favorecer la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones y reorganizarse en respuesta a las experiencias y los estímulos. A esto se suma la liberación de sustancias bioquímicas que pueden contribuir a proteger las células cerebrales y favorecer su funcionamiento.

    Estas explicaciones, no obstante, son hipótesis sobre los posibles mecanismos detrás de los resultados y no procesos que la investigación haya demostrado directamente en los participantes.

    Mantenerse activo a lo largo del tiempo podría ser importante

    Uno de los aspectos que destacó el equipo de investigación es que los posibles beneficios de la actividad física no dependerían únicamente del tiempo dedicado al ejercicio en un momento determinado, sino también de la constancia con la que las personas se mantienen activas.

    «Los posibles beneficios de la actividad física para las personas con enfermedad de Parkinson pueden depender de cuánto tiempo permanezcan activas y de si continúan haciendo ejercicio a lo largo del tiempo», señaló Ryu.

    Esta observación pone el foco en la continuidad de los hábitos físicos y no solamente en la práctica ocasional de ejercicio. Sin embargo, los resultados no permiten establecer una rutina universal para todas las personas con Parkinson, pues la intensidad de los síntomas, la capacidad de movimiento y las necesidades individuales pueden ser muy diferentes.

    En estos casos, la elección de actividades y su intensidad deben adaptarse a las condiciones de cada paciente, con orientación de profesionales de la salud cuando sea necesario. Esto resulta especialmente relevante para quienes tienen dificultades de equilibrio, antecedentes de caídas o limitaciones importantes de movilidad.

    Los autores también advirtieron que las diferencias encontradas entre los grupos fueron relativamente pequeñas. Aun así, plantearon que podrían adquirir mayor relevancia clínica si investigaciones futuras siguieran a los participantes durante periodos más prolongados.

    El estudio tiene otras limitaciones que deben considerarse al interpretar sus conclusiones. Los participantes contaban, en general, con buenas capacidades de pensamiento y memoria al inicio del seguimiento, por lo que los resultados no necesariamente pueden aplicarse de la misma manera a personas con un deterioro cognitivo más avanzado.

    Por este motivo, Ryu subrayó la necesidad de interpretar los hallazgos con cautela y realizar nuevos estudios que permitan comprender mejor la relación entre la actividad física y la progresión del Parkinson.

    En conjunto, la investigación refuerza el interés científico por el ejercicio como parte de las estrategias de cuidado de las personas con esta enfermedad. Aunque todavía no se puede afirmar que la actividad física frene directamente la neurodegeneración, los resultados sugieren que mantenerse activo de manera constante podría asociarse con una evolución más lenta de las dificultades motoras y cognitivas, dos de los desafíos más importantes para la calidad de vida de quienes viven con Parkinson.

  • ¿Hervir las verduras reduce la vitamina C? El método de cocción sí importa

    ¿Hervir las verduras reduce la vitamina C? El método de cocción sí importa

    Una olla con agua hirviendo forma parte de muchas preparaciones cotidianas, pero el método elegido para cocinar una verdura puede influir en la cantidad de vitamina C que finalmente llega al plato. Este nutriente es soluble en agua y sensible al calor, por lo que una cocción prolongada puede provocar pérdidas tanto por la temperatura como por su paso al líquido de cocción.

    La diferencia puede parecer pequeña en la rutina de una cocina, pero adquiere relevancia cuando se busca aprovechar al máximo los nutrientes de frutas y verduras. Un alimento puede consumirse crudo, cocinarse durante pocos minutos al vapor o permanecer sumergido en agua hirviendo durante más tiempo, y cada procedimiento implica una exposición diferente al calor y al agua.

    De acuerdo con la Oficina de Suplementos Dietéticos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, el almacenamiento prolongado y la cocción pueden reducir el contenido de vitamina C de los alimentos. Durante la preparación, una parte del nutriente puede degradarse por efecto del calor y otra puede disolverse en el agua.

    Por ello, el nivel de vitamina C que conserva una verdura después de cocinarse depende de factores como el método empleado, la temperatura, el tiempo de cocción y el contacto con el agua. No existe una técnica que deba aplicarse de manera idéntica a todos los alimentos, pero reducir la exposición innecesaria al calor y al agua puede ayudar a conservar una mayor cantidad del nutriente.

    El vapor y el microondas pueden ayudar a conservarla

    Una de las recomendaciones recogidas por Sportlife, a partir de las declaraciones de la especialista en Nutrición y Dietética Olga Castañeda, consiste en consumir crudos aquellos alimentos que pueden comerse de esa manera y optar por una cocción al vapor breve para las verduras que necesitan cocinarse.

    La especialista propone llevarlas al vapor hasta conseguir una textura al dente, en lugar de prolongar la cocción hasta que pierdan firmeza. Esta estrategia reduce el tiempo durante el cual el alimento permanece expuesto a temperaturas elevadas y evita que esté en contacto directo con una gran cantidad de agua.

    La Oficina de Suplementos Dietéticos de los Institutos Nacionales de Salud también señala que la cocción al vapor y el uso del microondas pueden limitar las pérdidas de vitamina C. Esto se relaciona, en parte, con que ambos métodos pueden requerir menos agua y tiempos de preparación más cortos que el hervido convencional.

    Esto no significa que hervir verduras convierta automáticamente la comida en una opción poco saludable. Las verduras cocidas continúan aportando nutrientes y forman parte de una alimentación saludable. La cuestión es que, cuando el objetivo específico es conservar la vitamina C, las condiciones de cocción pueden marcar una diferencia.

    Además, el agua utilizada para cocinar puede contener parte de los nutrientes hidrosolubles que abandonaron el alimento. En determinadas preparaciones, como sopas o guisos, ese líquido también se consume, por lo que parte de lo que pasó al agua permanece dentro del plato.

    La vitamina C no está únicamente en las naranjas

    Aunque los cítricos son una de las fuentes más conocidas de vitamina C, no son los únicos alimentos que aportan cantidades importantes de este nutriente. Los Institutos Nacionales de Salud incluyen entre las fuentes destacadas a los pimientos rojos y verdes, el kiwi, el brócoli, las frutillas y los repollitos de Bruselas.

    Por eso, cuidar la presencia de vitamina C en la alimentación no depende de consumir un alimento específico todos los días. Una dieta variada, con diferentes frutas y verduras, permite incorporar el nutriente a través de distintas fuentes.

    Para adultos, la referencia de ingesta diaria establecida por los Institutos Nacionales de Salud es de 90 miligramos para los hombres y 75 miligramos para las mujeres. En el caso de las personas que fuman, la recomendación aumenta en 35 miligramos diarios debido a que el consumo de tabaco incrementa las necesidades de vitamina C.

    Estas cantidades son referencias generales para la población y no sustituyen una valoración nutricional individual. En la mayoría de las personas, una alimentación variada puede proporcionar suficiente vitamina C para cubrir las necesidades habituales y evitar una deficiencia grave.

    Una carencia prolongada puede provocar escorbuto, una enfermedad relacionada con una ingesta insuficiente de vitamina C. Sin embargo, llegar a esta situación es poco frecuente cuando existe una alimentación suficientemente variada.

    También participa en la absorción del hierro

    La importancia de la vitamina C va más allá de su presencia en frutas y verduras. Los Institutos Nacionales de Salud señalan que este nutriente favorece la absorción del hierro presente en los alimentos de origen vegetal.

    Esto resulta especialmente relevante dentro de una alimentación que incluye legumbres, verduras, cereales y otros productos vegetales que contienen hierro. Incorporar fuentes de vitamina C puede contribuir a que el organismo aproveche mejor ese mineral.

    Sin embargo, esta relación no significa que una combinación específica de alimentos pueda solucionar por sí sola una deficiencia de hierro. Cuando existe anemia o una sospecha de falta de este mineral, la evaluación debe considerar la causa y las necesidades particulares de cada persona.

    Más vitamina C no significa necesariamente más protección contra enfermedades

    La vitamina C cumple funciones importantes en el organismo, pero esto no significa que consumir cantidades cada vez mayores produzca automáticamente beneficios adicionales. La evidencia científica tampoco respalda algunas de las promesas que suelen asociarse con los suplementos de este nutriente.

    La Oficina de Suplementos Dietéticos de los Institutos Nacionales de Salud señala que los resultados sobre el efecto de la vitamina C en el riesgo de cáncer son contradictorios. Además, los ensayos clínicos no han encontrado que los suplementos de vitamina C, solos o combinados con otros nutrientes, prevengan el cáncer.

    Por ello, conservar una mayor cantidad de vitamina C durante la preparación de los alimentos es una cuestión de aprovechamiento nutricional, no una estrategia para garantizar protección frente a una enfermedad determinada.

    La recomendación general sigue siendo priorizar una alimentación variada y obtener los nutrientes principalmente de los alimentos. En ese contexto, pequeños cambios en la cocina, como reducir los tiempos de cocción, utilizar menos agua cuando sea posible y preferir el vapor para determinadas verduras, pueden ayudar a conservar una mayor proporción de vitamina C sin convertir la preparación de los alimentos en una rutina complicada.

    En otras palabras, no se trata de dejar de cocinar las verduras, sino de elegir la técnica adecuada según el alimento y el nutriente que se busca preservar. Para la vitamina C, evitar cocciones excesivamente largas y el contacto prolongado con grandes cantidades de agua puede ser una forma sencilla de aprovechar mejor lo que ya está presente en frutas y verduras.

  • Bellotas: el antiguo alimento que podría volver a la mesa por sus nutrientes

    Bellotas: el antiguo alimento que podría volver a la mesa por sus nutrientes

    Mucho antes de que las almendras y los cacahuates se incorporaran de manera habitual a la alimentación de Estados Unidos, las bellotas ya ocupaban un lugar importante en la dieta de numerosos pueblos indígenas del continente. Estos frutos de los robles fueron durante miles de años una fuente de alimento que podía recolectarse directamente de los bosques y transformarse en harina, bebidas y diferentes preparaciones.

    Con el paso del tiempo, las bellotas dejaron de ser un ingrediente habitual para convertirse, en buena parte de Occidente, en un alimento asociado principalmente con ardillas y otros animales silvestres. Sin embargo, en los últimos años han recuperado cierta atención entre cocineros, recolectores y especialistas en alimentación debido a su contenido de nutrientes y a las posibilidades que ofrecen en la cocina.

    Una porción de una onza, equivalente a unos 28 gramos, contiene alrededor de 152 miligramos de potasio y dos gramos de proteína, de acuerdo con información nutricional de University Hospitals. El potasio participa en funciones esenciales como la contracción muscular y el funcionamiento adecuado del corazón.

    Las bellotas también aportan fibra, grasas y diferentes vitaminas y minerales. Por ello, la dietista Trista Best explicó a USA Today que pueden consumirse de manera segura y aportar beneficios nutricionales siempre que sean preparadas correctamente.

    Una pequeña semilla con varios nutrientes

    Parte del interés nutricional de las bellotas está relacionado con su contenido de fibra. Este componente de los alimentos vegetales contribuye al funcionamiento del aparato digestivo y puede favorecer una alimentación que ayude a mantener una microbiota intestinal diversa.

    También contienen minerales como manganeso y folato, nutrientes involucrados en diferentes procesos del organismo, desde el metabolismo hasta la formación y mantenimiento de tejidos.

    Las bellotas aportan además vitamina E y otros compuestos con actividad antioxidante. Estos compuestos ayudan a proteger a las células frente al estrés oxidativo, aunque esto no significa que comer bellotas por sí solo prevenga enfermedades. Como ocurre con cualquier alimento, sus posibles beneficios deben entenderse dentro del conjunto de la alimentación.

    Su composición también incluye grasas insaturadas, entre ellas ácidos grasos omega-3 de origen vegetal. Estas grasas forman parte de las estructuras celulares y participan en diferentes funciones del organismo.

    La manera en que estos frutos se consumen demuestra que no se trata de un ingrediente limitado a una sola preparación. En Corea del Sur, por ejemplo, las bellotas forman parte de una tradición culinaria en la que se transforman en polvo, fideos y preparaciones similares a gelatinas.

    En otras regiones pueden molerse para obtener una harina con sabor terroso y ligeramente ahumado, capaz de incorporarse a panes, pasteles, avena y otros productos horneados.

    El problema está en los taninos

    Si las bellotas tienen nutrientes y pueden utilizarse de tantas maneras, surge una pregunta lógica: ¿por qué no forman parte habitual de la alimentación moderna?

    Una de las principales respuestas está en su contenido de taninos.

    Los taninos son compuestos naturales presentes en diferentes plantas y responsables de buena parte del sabor amargo y astringente de las bellotas. En cantidades elevadas pueden interferir con la absorción de algunos nutrientes y provocar efectos adversos, por lo que las bellotas no deben consumirse directamente del árbol sin preparación.

    El proceso tradicional para hacerlas comestibles consiste en reducir los taninos mediante el remojo o la cocción en agua. Después pueden pelarse, secarse y molerse para obtener harina u otro ingrediente.

    Este procedimiento requiere tiempo y trabajo, algo que ayuda a explicar por qué las bellotas nunca desarrollaron en buena parte de la industria alimentaria moderna la misma popularidad que otros frutos secos.

    Además, no todas las bellotas son iguales. El contenido de taninos puede variar según la especie de roble y otras condiciones. Por ello, la preparación adecuada es fundamental antes de incorporarlas a la alimentación.

    Las bellotas verdes tampoco son la opción recomendada para recolectar. La dietista Makayla Meixner aconseja buscar frutos marrones y maduros que todavía conserven su cúpula. Las bellotas verdes todavía no han alcanzado la madurez y pueden contener mayores cantidades de taninos.

    De alimento básico a ingrediente especializado

    La historia de las bellotas también muestra cómo las modificaciones en los ecosistemas pueden transformar la alimentación humana.

    Los robles no producen exactamente la misma cantidad de bellotas todos los años. Existen temporadas de mayor producción y otras en las que la disponibilidad disminuye. A esto se suman factores ambientales como las sequías y los cambios en los patrones de lluvia, que pueden afectar la producción de estos frutos.

    Investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles han señalado que las alteraciones ambientales asociadas con el cambio climático pueden influir en los ciclos de producción de los robles.

    También han cambiado las prácticas de manejo de los bosques.

    Frank Lake, ecólogo investigador del Servicio Forestal de Estados Unidos y miembro de las tribus Yurok y Karuk de California, explicó a NPR que las comunidades indígenas todavía intentan recolectar bellotas e incorporarlas a su alimentación cuando las condiciones lo permiten.

    Sin embargo, los cambios en la gestión forestal y en la calidad y disponibilidad de las bellotas han contribuido a que un alimento que alguna vez fue básico se convierta en uno más especializado.

    La situación también plantea una cuestión ecológica. Las bellotas no son únicamente un recurso potencial para los seres humanos: constituyen una fuente importante de alimento para numerosas especies silvestres, entre ellas ardillas y ciervos.

    Por eso, un aumento considerable de su recolección para consumo humano tendría que considerar también las necesidades de los animales que dependen de estos frutos durante determinadas épocas del año.

    En Corea del Sur, donde existe una tradición mucho más extendida de consumo de bellotas, autoridades ya han expresado preocupación por la presión que puede generar la recolección humana sobre este recurso y su disponibilidad para la fauna.

    De la harina a los postres

    Una vez eliminados los taninos y preparada correctamente, la bellota puede transformarse en un ingrediente bastante versátil.

    Una de las posibilidades más sencillas consiste en molerla hasta obtener una harina que puede incorporarse a panes, pasteles y otras preparaciones horneadas. También puede utilizarse en recetas que normalmente llevan otros frutos secos o añadirse a la avena.

    Su sabor es una de sus características más particulares. Miles Irving, autor de Forager Handbook, ha descrito el perfil de la bellota como ligeramente ahumado y parecido al caramelo, lo que permite utilizarla incluso en preparaciones dulces.

    Así, un fruto que durante décadas quedó relegado a la alimentación de animales silvestres puede convertirse en un ingrediente para panes, postres y otros alimentos.

    Pero su recuperación no significa que las bellotas deban convertirse en el próximo “superalimento” de moda. Su valor está, sobre todo, en que son un alimento tradicional con un perfil nutricional interesante y una historia gastronómica mucho más antigua de lo que suele reconocerse.

    Su principal particularidad también marca su mayor diferencia frente a otros frutos secos: no basta con recogerlas y comerlas. La eliminación adecuada de los taninos es indispensable.

    Las bellotas muestran así que algunos alimentos que hoy parecen extraños o poco habituales alguna vez fueron parte fundamental de la alimentación humana. Su regreso a las cocinas modernas no depende solamente de sus nutrientes, sino también de recuperar conocimientos tradicionales de recolección, preparación y aprovechamiento de los recursos del bosque.

  • Cuando correr se siente más difícil al principio: esta es la razón por la que el cuerpo tarda en “agarrar ritmo”

    Cuando correr se siente más difícil al principio: esta es la razón por la que el cuerpo tarda en “agarrar ritmo”

    Los primeros minutos de una carrera pueden sentirse mucho más exigentes de lo esperado, incluso cuando se trata de un ritmo habitual. La respiración se acelera, las piernas parecen pesar más y el esfuerzo puede sentirse desproporcionado respecto de la velocidad. Sin embargo, esta sensación inicial suele tener una explicación fisiológica: el organismo necesita unos minutos para adaptarse al cambio entre el reposo y la actividad física.

    La explicación fue desarrollada por Richard Taylor, docente de Fuerza, Acondicionamiento y Rehabilitación de la Universidad de Coventry, ex corredor internacional, fisiólogo del ejercicio y entrenador, en un artículo publicado por The Conversation. De acuerdo con el especialista, cuando comienza una carrera el cuerpo tiene que incrementar rápidamente el suministro de oxígeno que necesitan los músculos para responder al esfuerzo.

    El corazón y los pulmones necesitan unos minutos para adaptarse

    Al empezar a correr, el organismo pasa de un estado de relativa calma a una situación en la que los músculos requieren mucha más energía. Para responder a esa demanda, el corazón aumenta la frecuencia de sus latidos, la respiración se vuelve más profunda y rápida y el flujo sanguíneo se adapta para llevar una mayor cantidad de oxígeno hacia los músculos que están trabajando.

    El problema es que esta respuesta no alcanza su máximo nivel de manera instantánea.

    Durante los primeros minutos existe una diferencia entre la cantidad de oxígeno que los músculos necesitan y la cantidad que el organismo consigue utilizar en ese momento. Mientras los sistemas cardiovascular y respiratorio se ajustan, el cuerpo recurre en mayor medida a otras vías para producir la energía necesaria.

    Por eso pueden aparecer sensaciones como falta de aire, piernas pesadas, rigidez muscular o una percepción de esfuerzo mayor que la esperada para el ritmo elegido.

    Los especialistas se refieren a esta transición como cinética de captación de oxígeno (VO₂). El concepto describe la velocidad con la que el consumo de oxígeno aumenta después de comenzar una actividad física.

    Este proceso puede entenderse como una transición progresiva. Primero aumenta la circulación y la disponibilidad de oxígeno; después, los músculos comienzan a aprovechar con mayor eficiencia ese suministro y, finalmente, el consumo de oxígeno se aproxima a las necesidades del ejercicio. Cuando esto ocurre, el organismo alcanza un estado más estable.

    La transición ocurre tanto en personas que están comenzando a correr como en atletas experimentados. La diferencia está en la rapidez con la que el organismo puede completar ese ajuste.

    ¿Por qué después de 10 o 15 minutos correr puede sentirse diferente?

    Una de las razones por las que muchas personas experimentan un cambio notable durante una carrera es que, después de varios minutos, los diferentes sistemas que participan en el ejercicio comienzan a trabajar de manera más coordinada.

    La respiración puede sentirse más controlada, las piernas dejan de percibirse tan rígidas y el movimiento adquiere mayor fluidez. También aumenta la temperatura corporal, lo que acompaña los cambios que ocurren en los músculos durante el ejercicio.

    Por eso es relativamente común percibir que entre los 10 y los 15 minutos la carrera comienza a sentirse más natural.

    No significa que el cuerpo haya pasado repentinamente de un estado de cansancio a uno de energía. Lo que ocurre es que durante esos minutos se han producido diferentes ajustes fisiológicos que permiten que el aporte y la utilización de oxígeno respondan mejor a las exigencias de la actividad.

    En otras palabras, la sensación de que el cuerpo finalmente “agarró ritmo” tiene una explicación relacionada con la adaptación al ejercicio.

    Los corredores entrenados pueden alcanzar ese estado con mayor rapidez

    La condición física también influye en la velocidad de esta adaptación. De acuerdo con los estudios citados por Taylor, los atletas de resistencia entrenados pueden presentar una respuesta de captación de oxígeno entre 40% y 60% más rápida que los corredores aficionados.

    Una investigación publicada en 2025 también encontró una relación entre una mejor condición aeróbica y una respuesta más rápida del consumo de oxígeno al comenzar el ejercicio.

    La explicación está relacionada con las adaptaciones que ocurren con el entrenamiento constante. Con la práctica, el sistema cardiovascular mejora su capacidad para transportar sangre y oxígeno, mientras que los músculos desarrollan una mayor capacidad para utilizar ese oxígeno y producir energía.

    Eso no significa que un corredor entrenado deje de experimentar la transición inicial, sino que su organismo puede realizarla de manera más eficiente y rápida.

    Por esta razón, alguien que corre con frecuencia puede sentir que los primeros minutos de una sesión son más llevaderos que para una persona que acaba de empezar o que regresó a la actividad después de varias semanas o meses de pausa.

    Empezar demasiado rápido puede hacer más incómoda la carrera

    La forma en que comienza una sesión también puede influir en esas primeras sensaciones.

    Taylor recomienda realizar una entrada en calor de algunos minutos antes de pasar al ritmo principal. Caminar con rapidez, trotar suavemente o incrementar progresivamente la velocidad permite que el organismo empiece a realizar los ajustes necesarios antes de someterse a una intensidad mayor.

    Otra alternativa consiste en iniciar la carrera a un ritmo inferior al previsto y aumentar la velocidad de manera gradual.

    Esta estrategia es especialmente útil cuando una persona está retomando el ejercicio o todavía está desarrollando su capacidad aeróbica. El objetivo no es eliminar por completo las sensaciones iniciales, sino evitar que el salto entre el reposo y un esfuerzo elevado sea demasiado brusco.

    Una salida demasiado rápida puede hacer que la respiración se dispare y que las piernas acumulen una sensación de esfuerzo mayor antes de que el sistema cardiovascular haya tenido tiempo de adaptarse.

    La experiencia también cambia la percepción de los primeros minutos

    Con la práctica regular no solo cambia la respuesta fisiológica; también puede cambiar la manera en que una persona interpreta lo que siente.

    Un corredor con experiencia puede reconocer que cierta sensación de incomodidad durante los primeros minutos forma parte de la transición habitual y que probablemente disminuirá cuando el cuerpo alcance un estado más estable.

    Para alguien que comienza a correr, en cambio, esa misma sensación puede parecer una señal de que algo está funcionando mal o de que el ritmo elegido es insostenible.

    Conocer cómo responde el organismo puede ayudar a interpretar mejor esas señales y a evitar comenzar cada entrenamiento a una intensidad demasiado elevada.

    Sin embargo, no toda molestia debe considerarse normal. La incomodidad asociada con el inicio del ejercicio no debe confundirse con dolor intenso, dolor en el pecho, mareos, desmayos, dificultad respiratoria desproporcionada u otros síntomas que obliguen a detener la actividad y, si es necesario, buscar valoración médica.

    En condiciones habituales, esa sensación de que correr resulta especialmente difícil durante los primeros minutos puede ser simplemente la consecuencia de que el cuerpo todavía está haciendo la transición hacia el esfuerzo. Darle tiempo para adaptarse, comenzar progresivamente y mantener una práctica constante permite que los sistemas cardiovascular y muscular respondan con mayor eficiencia.

    Así, esos primeros minutos que muchas veces parecen los más pesados no necesariamente indican que la carrera será mala. En buena medida, son el periodo en el que el organismo está preparando todo lo necesario para que correr se vuelva más fluido.

  • ¿Caspa o cuero cabelludo seco? Estas señales ayudan a distinguirlos

    ¿Caspa o cuero cabelludo seco? Estas señales ayudan a distinguirlos

    Encontrar pequeñas escamas sobre el cabello o la ropa suele llevar a una conclusión inmediata: caspa. Sin embargo, no toda descamación del cuero cabelludo tiene el mismo origen. La caspa y la resequedad pueden producir síntomas parecidos, pero detrás de cada problema existen mecanismos diferentes y, por lo tanto, también cambian las medidas que pueden ayudar a controlarlos.

    Dermatólogos consultados por Prevention señalan que observar con atención las características de las escamas puede ofrecer las primeras pistas. El color, el tamaño, la textura y las zonas donde aparecen ayudan a distinguir entre una posible dermatitis seborreica y un cuero cabelludo simplemente seco. Cuando la molestia persiste o aparece acompañada de dolor, ardor, lesiones o caída del cabello, es recomendable acudir con un especialista para obtener un diagnóstico.

    Las escamas grandes, amarillentas y grasosas pueden indicar caspa

    La caspa suele estar relacionada con la dermatitis seborreica, una afección inflamatoria de la piel que puede afectar distintas zonas del cuerpo. Heather Woolery-Lloyd, dermatóloga y directora de la División de Piel de Color de la Universidad de Miami, explicó a Prevention que este problema puede provocar picazón, ardor, descamación y formación de escamas en el cuero cabelludo.

    Una de las características que puede orientar hacia la caspa es el aspecto de las escamas. En lugar de ser diminutas y completamente secas, pueden presentarse como partículas más grandes, blancas o amarillentas y con una apariencia oleosa. También pueden acompañarse de enrojecimiento e inflamación.

    La distribución de la descamación constituye otra pista importante. Caroline N. Opene, directora médica de la clínica de Piel de Color de UCLA Health, señaló que la dermatitis seborreica no necesariamente se limita al cuero cabelludo. También puede manifestarse en las cejas, los pliegues situados junto a la nariz, las orejas y la barba.

    El estrés puede intensificar los síntomas en algunas personas, mientras que la producción de sebo también interviene en el problema. De acuerdo con los especialistas citados por Prevention, factores como cambios hormonales y determinadas circunstancias relacionadas con el estilo de vida pueden influir en la cantidad de grasa producida por la piel.

    La caspa no significa que exista una mala higiene

    Uno de los conceptos que conviene aclarar es que tener caspa no significa necesariamente que una persona no se lave correctamente el cabello. La dermatitis seborreica está relacionada con una respuesta inflamatoria de la piel frente a Malassezia, una levadura que forma parte de los microorganismos que normalmente viven sobre la piel de muchas personas.

    En los cueros cabelludos con mayor producción de grasa pueden coincidir el sebo, la presencia de Malassezia y una respuesta inflamatoria que favorece la aparición de descamación. Jason Miller, dermatólogo de Schweiger Dermatology, explicó que estos factores suelen presentarse conjuntamente en personas con caspa.

    Por esa razón, el tratamiento suele enfocarse en controlar la grasa y disminuir la proliferación de microorganismos relacionados con el problema. Los especialistas pueden recomendar champús formulados específicamente para combatir la caspa, algunos de ellos disponibles sin receta y otros bajo indicación médica.

    Entre los ingredientes que pueden encontrarse en este tipo de productos están el piritionato de zinc, sulfuro de selenio, ketoconazol y ácido salicílico. No todos funcionan de la misma manera ni son apropiados para todas las personas, por lo que la elección depende de las características del cuero cabelludo y de la intensidad de los síntomas.

    En algunos casos, los especialistas recomiendan lavar el cabello aproximadamente un día sí y un día no para ayudar a controlar la acumulación de grasa. Sin embargo, esta estrategia no debe trasladarse automáticamente a una persona cuyo problema sea principalmente la resequedad.

    Si las escamas son pequeñas y blancas, puede tratarse de resequedad

    El cuero cabelludo seco tiene un origen diferente. En este caso, el problema está relacionado principalmente con una falta de humedad o con una alteración de la barrera cutánea que ayuda a conservarla.

    Las escamas suelen ser pequeñas, blancas y de apariencia seca. A diferencia de las asociadas con la dermatitis seborreica, normalmente no tienen una apariencia grasosa. También puede aparecer una sensación de tirantez, acompañada de picazón y cabello reseco.

    Las condiciones ambientales pueden influir. Un clima particularmente seco, los lavados demasiado frecuentes, el uso de productos agresivos o la aplicación excesiva de determinados productos capilares pueden alterar la barrera protectora de la piel y favorecer la descamación.

    Los ingredientes irritantes presentes en algunos productos, como fragancias o colorantes, también pueden generar molestias en personas sensibles. Por ello, cambiar repetidamente de producto en busca de una solución puede no ser suficiente si la causa de fondo continúa presente.

    No obstante, la resequedad tampoco siempre es simplemente un problema de falta de hidratación. Noah Gratch, dermatólogo certificado de MDCS Dermatology, advirtió que una piel seca y escamosa puede aparecer como manifestación de dermatitis atópica, también conocida como eccema, o incluso corresponder a una dermatitis seborreica que todavía no ha sido identificada.

    Lavar demasiado el cabello puede empeorar la sequedad

    La diferencia entre ambos problemas resulta especialmente importante al momento de establecer una rutina de cuidado. Mientras que una mayor frecuencia de lavado puede ayudar a controlar el exceso de grasa asociado con la caspa, lavar el cabello demasiado puede eliminar los aceites naturales que contribuyen a mantener hidratada la piel y empeorar un cuero cabelludo seco.

    Cuando predomina la resequedad, puede ser conveniente espaciar los lavados de acuerdo con las necesidades individuales y utilizar productos suaves e hidratantes. Los especialistas también aconsejan limitar el uso de herramientas que generan calor y elegir champús y acondicionadores que ayuden a conservar la humedad.

    Después del lavado, un tratamiento acondicionador puede contribuir a mantener la hidratación. Sin embargo, aplicar aceites o productos demasiado densos directamente sobre el cuero cabelludo no siempre es una buena idea, especialmente cuando existe la posibilidad de que la descamación esté relacionada con dermatitis seborreica, debido a que el exceso de grasa puede favorecer el entorno asociado con este problema.

    La rutina también debe adaptarse al tipo de cabello. Woolery-Lloyd señaló que los champús formulados contra la caspa pueden resultar demasiado resecantes para personas con cabello rizado o con texturas muy cerradas. En esos casos, un dermatólogo puede considerar otras alternativas, como tratamientos tópicos antiinflamatorios, para controlar la enfermedad sin depender necesariamente de lavados frecuentes.

    ¿Cuándo es necesario consultar a un dermatólogo?

    No siempre es sencillo identificar la causa de una descamación únicamente por su apariencia. La caspa, la resequedad, el eccema y otras enfermedades de la piel pueden compartir algunos síntomas, por lo que una molestia persistente merece una evaluación profesional.

    La consulta es especialmente importante cuando los productos habituales no producen mejoría o cuando aparecen señales que van más allá de unas cuantas escamas. La caída del cabello, la picazón intensa, el ardor, el dolor o la aparición de llagas son motivos para buscar valoración médica.

    Un dermatólogo puede examinar directamente el cuero cabelludo, determinar qué está provocando la descamación y establecer el tratamiento apropiado. Esto evita prolongar una rutina que podría no estar atacando la causa real o que incluso podría agravar la irritación.

    Así, aunque la caspa y el cuero cabelludo seco pueden parecer prácticamente lo mismo frente al espejo, observar las características de las escamas y la forma en que reacciona la piel puede marcar una diferencia importante. Identificar si existe exceso de grasa e inflamación o, por el contrario, una barrera cutánea reseca permite elegir medidas de cuidado más adecuadas y saber cuándo es momento de dejar de experimentar con productos y consultar a un especialista.

  • Estos alimentos pueden dificultar que tu cuerpo aproveche el magnesio: qué dice la evidencia

    Estos alimentos pueden dificultar que tu cuerpo aproveche el magnesio: qué dice la evidencia

    El magnesio es uno de esos nutrientes que suelen pasar desapercibidos hasta que se habla de su importancia para el organismo. Este mineral participa en más de 300 reacciones enzimáticas y está involucrado en funciones tan diversas como el trabajo de los músculos y los nervios, la producción de energía, la salud de los huesos y la regulación de la glucosa. También se ha relacionado con procesos importantes para el descanso y el funcionamiento adecuado del organismo.

    La principal forma de obtenerlo debería ser una alimentación variada. Verduras de hoja verde, legumbres, frutos secos, semillas y cereales integrales se encuentran entre las fuentes alimentarias de magnesio. Sin embargo, que un alimento contenga este mineral no significa necesariamente que todo el magnesio que aporta vaya a ser absorbido por el cuerpo.

    La disponibilidad de los nutrientes puede cambiar dependiendo de la composición de la comida y de la presencia de otros compuestos. Por ello, especialistas en nutrición citados por EatingWell señalaron algunos alimentos y bebidas que pueden dificultar el aprovechamiento del magnesio cuando se consumen en determinadas circunstancias, especialmente junto con fuentes concentradas del mineral o suplementos.

    Esto no significa que haya que eliminar estos productos de la dieta. En la mayoría de los casos, lo importante es entender cómo interactúan sus componentes y mantener una alimentación suficientemente variada.

    Espinaca: saludable, pero con oxalatos

    La espinaca suele considerarse una excelente opción para incorporar nutrientes y minerales a la alimentación, incluido el magnesio. Sin embargo, también contiene oxalatos, compuestos naturales de algunas plantas que pueden unirse a determinados minerales en el aparato digestivo y reducir la cantidad que queda disponible para su absorción.

    La presencia de oxalatos no convierte a la espinaca en un alimento poco saludable. De hecho, continúa siendo una fuente importante de diversos nutrientes. El punto está en que el magnesio presente en ella no necesariamente tiene la misma biodisponibilidad que el de otras fuentes.

    Una de las estrategias señaladas por especialistas para disminuir parte de los oxalatos consiste en cocinar la espinaca, particularmente mediante métodos como el hervido o la cocción al vapor. También existen otras verduras que pueden aportar magnesio y que contienen menores cantidades de estos compuestos, como el kale, el brócoli y el bok choy.

    Por ello, más que dejar de comer espinaca, la recomendación práctica es variar las fuentes de magnesio y no depender de un solo alimento para cubrir las necesidades del mineral.

    Legumbres: los fitatos pueden modificar la absorción

    Los frijoles, garbanzos, lentejas y otras legumbres son alimentos especialmente valiosos desde el punto de vista nutricional. Aportan proteínas vegetales, fibra, vitaminas y minerales, incluido el magnesio.

    Al mismo tiempo, contienen ácido fítico o fitatos, compuestos que pueden unirse a minerales dentro del tracto digestivo y reducir su biodisponibilidad. Este efecto puede ser más relevante en patrones de alimentación poco variados, en los que determinados alimentos representan una parte muy importante de la ingesta de minerales.

    La buena noticia es que existen formas tradicionales de preparación que ayudan a disminuir la cantidad de estos compuestos. El remojo y la cocción adecuada de las legumbres pueden reducir parte de los fitatos, mientras que las presentaciones enlatadas ya han pasado por procesos de cocción.

    Esto tampoco significa que las legumbres deban evitarse para obtener magnesio. Por el contrario, siguen siendo una de las mejores opciones para incorporar este mineral y otros nutrientes. Si una persona utiliza un suplemento de magnesio y busca optimizar su absorción, puede ser conveniente revisar con un profesional de la salud el momento más apropiado para tomarlo.

    Lácteos: calcio y magnesio comparten vías de absorción

    La leche, el queso y el yogur aportan calcio, un mineral indispensable para los huesos y otras funciones del organismo. Sin embargo, cuando se consumen cantidades elevadas junto con alimentos especialmente ricos en magnesio, puede existir cierta competencia entre ambos minerales durante la absorción.

    Esto se debe a que calcio y magnesio pueden utilizar vías de transporte relacionadas en el organismo. La interacción no significa que comer queso o tomar leche vaya a provocar una deficiencia de magnesio, pero sí puede ser relevante cuando se intenta maximizar la absorción de una cantidad concentrada del mineral, por ejemplo mediante un suplemento.

    Por esa razón, si el objetivo específico es aprovechar al máximo una determinada fuente de magnesio, puede tener sentido prestar atención a qué otros alimentos se consumen simultáneamente. Aun así, no hay razón para retirar los lácteos de una dieta equilibrada únicamente por esta interacción.

    La alimentación debe contemplarse como un conjunto. El calcio también es un nutriente esencial y los productos lácteos pueden formar parte de una dieta saludable dependiendo de las necesidades y características de cada persona.

    Gaseosas: el problema va más allá del magnesio

    Las bebidas gaseosas, particularmente algunas de cola, también aparecen entre los productos que conviene limitar cuando se busca cuidar el equilibrio de minerales.

    Algunas contienen ácido fosfórico, un compuesto que puede interactuar con minerales, mientras que muchas gaseosas también contienen cafeína. Esta última tiene un efecto diurético, aunque la magnitud del efecto depende de la cantidad consumida y de la tolerancia individual.

    Más allá de su posible relación con el magnesio, las bebidas azucaradas son un producto cuyo consumo frecuente se recomienda limitar por sus efectos sobre la calidad general de la dieta y su asociación con diversos problemas de salud.

    Por ello, sustituirlas habitualmente por agua, agua mineral o bebidas con menor cantidad de azúcares añadidos puede ser una estrategia mucho más amplia que simplemente intentar mejorar la absorción del magnesio.

    Alcohol: uno de los factores más relevantes cuando el consumo es elevado

    El alcohol merece una consideración diferente. La relación con el magnesio se observa especialmente en personas con consumo crónico y elevado, ya que puede favorecer una mayor pérdida del mineral a través de la orina y también relacionarse con una menor ingesta y aprovechamiento de nutrientes.

    El problema, por tanto, no se limita a que una bebida alcohólica se consuma al mismo tiempo que un alimento rico en magnesio. El consumo excesivo y sostenido puede afectar de manera más general el estado nutricional.

    La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el consumo de alcohol está relacionado con múltiples enfermedades y que no existe un nivel completamente libre de riesgos para la salud. En este contexto, reducir su consumo tiene beneficios que van mucho más allá de preservar los niveles de magnesio.

    Para quienes utilizan suplementos, evitar tomarlos junto con alcohol puede ser una medida prudente, aunque la evidencia específica sobre esta interacción todavía requiere mayor investigación.

    No todos los suplementos de magnesio se comportan igual

    Otro aspecto importante es que la cantidad de magnesio que aparece en la etiqueta de un suplemento no es el único factor que importa. La forma química en la que se presenta también puede influir en su absorción.

    La Oficina de Suplementos Dietéticos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos señala que algunas formas, como el citrato, cloruro, lactato y aspartato de magnesio, suelen presentar una mejor absorción que el óxido de magnesio.

    Esto no significa que todas las personas necesiten un suplemento ni que una presentación sea automáticamente la mejor para cada caso. La suplementación puede ser útil cuando existe una ingesta insuficiente o una necesidad específica, pero debería evaluarse de acuerdo con la situación individual.

    En términos generales, la estrategia más importante continúa siendo construir una alimentación diversa. Frutos secos y semillas, legumbres, cereales integrales y verduras de hoja verde permiten incorporar magnesio dentro de un conjunto mucho más amplio de nutrientes.

    El objetivo no es evitar alimentos, sino mejorar la alimentación en conjunto

    La idea de que ciertos alimentos “bloquean” el magnesio puede resultar llamativa, pero requiere contexto. La nutrición no funciona como una suma de alimentos buenos y malos en la que una comida pueda anular automáticamente los beneficios de otra.

    Los oxalatos y fitatos, por ejemplo, son compuestos naturales presentes en numerosos alimentos vegetales y forman parte de una dieta que también aporta fibra, antioxidantes y otros nutrientes. Del mismo modo, el calcio de los lácteos cumple funciones indispensables y no debería evitarse simplemente por una posible competencia puntual con el magnesio.

    Lo que realmente importa es el patrón alimentario completo. Una dieta variada permite obtener magnesio de distintas fuentes y reduce la dependencia de un único alimento. Además, métodos como remojar y cocinar adecuadamente las legumbres o cocinar determinados vegetales pueden modificar la disponibilidad de algunos compuestos.

    Si existe una sospecha de deficiencia de magnesio, síntomas persistentes o la intención de comenzar a utilizar suplementos, lo recomendable es consultar a un profesional de la salud. Tomar dosis elevadas por cuenta propia no necesariamente ofrece mayores beneficios y puede generar efectos adversos.

    El magnesio es indispensable, pero aprovecharlo mejor no requiere convertir la alimentación en una lista de prohibiciones. En la mayoría de los casos, la mejor estrategia sigue siendo sencilla: comer variado, priorizar alimentos nutritivos y prestar atención a la calidad general de la dieta.